Powell y el BCE se equivocan: se agravan las caídas
Los bancos centrales han desatado una ola de miedo innecesario que agrava la contracción económica en lugar de combatir la inflación. El Banco de Inglaterra marca el único camino sensato.
«Subir tipos con un shock de oferta y demanda inelástica no reduce la inflación. Solo agrava la contracción económica y destruye la confianza de los mercados.»
— Análisis Creando Noticias, 2026Durante demasiado tiempo hemos convivido con una certeza casi irónica: los medios de comunicación venden miedo porque el miedo vende portadas. Las redes sociales amplifican el pánico porque el pánico genera clics. Lo sabemos. Lo asumimos. Lo hemos interiorizado como un ruido de fondo inevitable. Pero existe un terreno donde ese ruido siempre debería ser diferente, donde la mesura y el rigor técnico tendrían que imperar sobre cualquier otro interés. Ese terreno es la banca central. Y lo que está ocurriendo en estos momentos con la Reserva Federal de los Estados Unidos y con el Banco Central Europeo rompe esa expectativa de un modo que tiene consecuencias reales, medibles y preocupantes para el ahorro, el empleo y el crecimiento económico de España y de toda Europa.
Jerome Powell lidera un ejército de más de tres mil doctores en Economía. Tres mil. No es una pequeña oficina de análisis coyuntural. Es la mayor concentración de talento económico del planeta, financiada con recursos públicos y dotada de acceso a toda la información disponible sobre la economía mundial. Y sin embargo, Powell se ha presentado ante los mercados para declarar, sin ambages, que no sabe lo que está pasando. Que no tiene idea de lo que puede ocurrir. La honestidad, en sí misma, es una virtud. Nadie puede objetar que reconocer la incertidumbre sea un gesto de humildad intelectual. Pero cuando esa incertidumbre viene acompañada de señales que los mercados interpretan como alarma, el efecto no es tranquilizador. Es exactamente el contrario.
El Banco Central Europeo, en una reunión ordinaria y sin carácter excepcional, ha declarado públicamente su preocupación por la inflación. Unas pocas palabras han bastado para que los mercados descuenten tres subidas de tipos en 2026, sin datos concluyentes ni evidencia de inflación estructural.
El Banco Central Europeo ha ido incluso más lejos. En una reunión ordinaria, programada y sin carácter excepcional, sus responsables han declarado públicamente su preocupación por la inflación. Una sola frase. Unas pocas palabras. Suficientes para que los participantes en los mercados monetarios europeos hayan comenzado a descontar tres subidas de tipos de interés a lo largo de 2026. Tres subidas. Sin datos concluyentes. Sin evidencia empírica de que la inflación sea estructural y no transitoria. Solo por el impacto de una declaración institucional cargada de una alarma que los libros de texto no justifican en absoluto.
¿Existe un banco central que haya actuado correctamente? Sí. Y su ejemplo es la clave para entender todo lo que está fallando en Frankfurt y en Washington.
El Banco de Inglaterra y la lección que nadie quiere escuchar
El Banco de Inglaterra ha demostrado esta semana que la ortodoxia económica no está reñida con la prudencia. Ante un mercado laboral débil y una economía que da señales claras de desaceleración, el banco emisor británico ha optado por la contención. Ha reconocido las presiones sobre los precios, pero las ha calificado de lo que muy probablemente son: temporales. Vinculadas a un shock externo, no a un sobrecalentamiento de la demanda interna. Y en consecuencia, ha decidido no alterar su política monetaria. Esto, exactamente esto, es lo que la teoría económica prescribe en estas circunstancias. No es una postura ideológica. Es la aplicación correcta del análisis académico que fundamenta el trabajo de cualquier banco central responsable.
El origen de la inflación actual importa mucho más de lo que los titulares permiten entender. La causa fundamental del repunte de precios que estamos viviendo no es un exceso de demanda. No es que los consumidores europeos o españoles estén gastando de forma descontrolada. La causa es un shock de oferta: el conflicto geopolítico en curso ha elevado el precio de los hidrocarburos, y ese encarecimiento se ha trasladado automáticamente a los índices de precios. Un shock de oferta, por su propia naturaleza, ya actúa como un freno económico. Al encarecer los costes de producción y reducir la renta disponible de las familias, contrae la liquidez y enfría la actividad económica por sí solo.
Subir tipos ante un shock de oferta con demanda inelástica de energía no reduce el consumo de petróleo. La demanda es rígida. Por tanto, las presiones inflacionistas no ceden. La medicina no combate la enfermedad. Solo debilita al enfermo.
Ahora súmese a ese freno natural una subida de tipos de interés. El resultado no es la corrección de la inflación. El resultado es agravar la contracción económica ya en marcha. Y el problema añadido es que subir tipos ante un shock de oferta con demanda inelástica de energía no reduce el consumo de petróleo. Las familias y las empresas no pueden simplemente dejar de consumir energía porque los tipos suban. La demanda es rígida. Por tanto, las presiones inflacionistas derivadas del precio de los hidrocarburos no ceden. La medicina no combate la enfermedad. Solo debilita al enfermo.
Lo más grave es el efecto psicológico sobre los mercados. Al proyectar miedo, los banqueros centrales generan en los gestores de fondos y en los inversores la sensación de que existe información privilegiada que ellos no conocen. Y cuando los inversores creen que hay algo peor debajo de la superficie, las expectativas inflacionistas no se moderan. Se disparan. El remedio se convierte en veneno.
Lo que debían haber dicho: la respuesta que los manuales prescriben
La respuesta no requiere inventar nada nuevo. Está escrita en los manuales de economía monetaria desde hace décadas. Lo que Powell y el Banco Central Europeo tendrían que haber comunicado, con claridad y sin ambigüedades, es lo siguiente: las presiones inflacionistas actuales están vinculadas a componentes volátiles, fundamentalmente la energía. Se consideran temporales. En consecuencia, la atención se centrará en la inflación subyacente, aquella que excluye los elementos volátiles como los precios de la energía y los alimentos no elaborados. Esa es la inflación que verdaderamente refleja el estado estructural de la economía, y esa es la inflación que un banco central debe controlar.
Con ese mensaje, los mercados habrían entendido que la institución tiene el control de la narrativa, que la política monetaria no va a volverse restrictiva de forma prematura y que el crecimiento económico no será sacrificado en el altar de una inflación transitoria. En cambio, lo que se ha hecho es lo contrario. Se ha amplificado el miedo. Se ha dejado que los mercados de futuros comenzaran a vender de forma masiva. Se ha provocado una contracción adicional de la liquidez en un momento en que la economía española y la europea necesitan exactamente lo opuesto: condiciones financieras que sostengan la actividad, que protejan el empleo y que permitan a las familias y a las pequeñas empresas afrontar el encarecimiento energético sin que además se encarezca el crédito.
Para España, esto tiene implicaciones directas. Una subida de tipos en 2026 no frenará el precio de la gasolina en ninguna gasolinera española, pero sí encarecerá las hipotecas, comprimirá el margen de las pymes y reducirá la capacidad de inversión de las familias.
Para España, esto tiene implicaciones directas. La economía española es especialmente sensible a los tipos de interés porque su tejido productivo está compuesto mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas que dependen de la financiación bancaria. Una subida de tipos en 2026 no frenará el precio de la gasolina en ninguna gasolinera española, pero sí encarecerá las hipotecas, comprimirá el margen de las pymes y reducirá la capacidad de inversión de las familias. El daño será real y concreto.
La banca central tiene una responsabilidad enorme. Y en este momento, tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo están fallando a esa responsabilidad. El Banco de Inglaterra ha marcado el camino correcto. La pregunta que queda en el aire es si Frankfurt y Washington estarán dispuestos a rectificar antes de que el daño sea irreversible.
La historia juzgará si Powell y el BCE supieron leer los manuales a tiempo. Mientras tanto, España y las familias españolas pagarán el coste de la confusión de quienes tenían la obligación de mantener la calma.
El Banco de Inglaterra lo ha hecho bien. Que nadie diga que no había otro camino.