EL PERÚ EN LLAMAS:
TERRORISMO Y FUJIMORATO
Dos décadas que destrozaron una nación y la lección que ningún pueblo amante de la libertad puede permitirse olvidar.
Setenta mil muertos no son una cifra. Son setenta mil historias truncadas, setenta mil familias marcadas para siempre por el fuego del terrorismo y la traición del Estado.
El País Herido: Una Nación Devorada por Dos Enemigos
Hubo un tiempo en que España no era el único solar donde la Patria sangraba bajo el peso de la cobardía política. Al otro lado del Atlántico, en el corazón del Perú, una nación entera fue devorada por dos enemigos que, aunque distintos en forma, compartían el mismo desprecio por la vida humana: el terrorismo marxista y la corrupción disfrazada de orden. Comprender esa época no es un ejercicio académico; es una obligación moral para todos los que creen que los pueblos merecen algo más que tiranos con discurso de salvadores.
La década de 1980 encontró al Perú en una encrucijada brutal. La economía se desmoronaba bajo el peso de una deuda externa insostenible, el gasto fiscal desbocado y una inflación que iba camino de convertirse en hiperinflación. Pero el fuego que más quemaba no era el de los números: era el fuego literal de las bombas, los apagones y los asesinatos perpetrados por Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Dos organizaciones nacidas del veneno maoísta y marxista-leninista que creyeron poder fundar un paraíso proletario sobre una montaña de cadáveres.
Sendero Luminoso no era solo una guerrilla. Era una secta totalitaria que asesinó alcaldes, destruyó cooperativas campesinas y ejecutó a los propios pobladores que se negaban a unirse a su «guerra popular». El marxismo no liberó al campesinado peruano: lo masacró.
Campesinos, estudiantes, alcaldes rurales, soldados y civiles inocentes cayeron en ese abismo. El Estado respondió con las Fuerzas Armadas —primero la Policía, luego el Ejército—, y esa respuesta también tuvo sus propios crímenes. La verdad obliga a mirar ambos lados, sin excusar a ninguno. Porque defender la Patria exige honestidad: la Patria no es infalible, pero el terrorismo es siempre un crimen sin atenuantes.
El Infierno de García: La Izquierda Ante el Espejo de Su Fracaso
Cuando Alan García llegó al poder en 1985, lo hizo con el ímpetu de quien cree que la buena voluntad puede sustituir a la buena gestión. Se equivocó de forma catastrófica. Su primer gobierno no solo fracasó: arrastró al Perú a uno de los episodios de hiperinflación más devastadores de la historia latinoamericana. En 1990, la inflación alcanzó el 7.649 por ciento. No es una errata. Siete mil seiscientos cuarenta y nueve por ciento.
Ese número no es solo economía. Es el médico que no puede comprar medicamentos. Es la madre que va al mercado con un fajo de billetes y regresa con medio kilo de arroz. Es la empresa que cierra, el trabajador que pierde su salario en horas, el ahorro de toda una vida evaporado en semanas. La demagogia populista tiene siempre el mismo final: el pueblo paga la factura de los sueños imposibles de sus gobernantes.
Mientras García gestionaba el desastre económico, Sendero Luminoso aprovechó el caos para infiltrarse en Lima. Los apagones se convirtieron en el signo cotidiano del terror. La capital del Perú vivió bajo la amenaza constante de bombas y asesinatos selectivos.
Las Fuerzas Armadas observaban con frustración creciente. De ese descontento nació el llamado Plan Verde, un proyecto de intervención militar que contemplaba medidas de una crudeza aterradora: control de la prensa, economía neoliberal impuesta por decreto y, según los documentos, el exterminio de los sectores más pobres e indígenas del país. Un plan que nunca se ejecutó formalmente, pero cuya sombra sobrevolará todo lo que vendría después.
Fujimori: El Orden Como Máscara del Autoritarismo
En las elecciones de 1990, los peruanos tuvieron que elegir entre el Nobel Mario Vargas Llosa, liberal claro y consecuente, y Alberto Fujimori, un ingeniero agrónomo que llegó a la política casi por accidente. Ganó Fujimori. Y desde el primer día, la historia del Perú tomó un giro que mezcló resultados reales con métodos inaceptables, un cóctel que el poder siempre ha sabido agitar cuando quiere confundir a los pueblos.
Su primer año fue de traición. Fujimori prometió durante la campaña no aplicar el shock económico que Vargas Llosa sí anunció con honestidad. Llegó al poder y lo aplicó igualmente —el fujishock, lo llamaron—, pero sin el respaldo democrático de haberlo prometido. Las reformas llegaron alineadas al Consenso de Washington, y con ellas el nombramiento de Vladimiro Montesinos como jefe del Servicio de Inteligencia Nacional. Un hombre cuya carrera es un catálogo de la corrupción: espionaje, sobornos, tráfico de armas, vínculos con el narcotráfico.
La madrugada del 5 de abril de 1992, Fujimori disolvió el Congreso con apoyo militar y restringió la libertad de prensa. Llamó a aquello una necesidad histórica. En realidad era un autogolpe. La democracia peruana fue suspendida por decreto presidencial.
Lo que vino después —una nueva Constitución a medida, reelecciones cuestionadas, un andamiaje institucional construido para perpetuar el poder— confirmó que el orden que Fujimori ofrecía tenía un precio demasiado alto. La historia de América Latina está plagada de hombres fuertes que prometieron limpiar la casa y terminaron construyendo su propio trono sobre los escombros.
La Captura de Guzmán y el Precio Real de la Victoria
Hay que decir lo que es justo, aunque duela reconocerlo en un régimen corrupto: en septiembre de 1992, el Grupo Especial de Inteligencia capturó a Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso. Fue un golpe decisivo que quebró la columna vertebral del terrorismo en el Perú. Los peruanos respiraron. Las ciudades dejaron de vivir bajo la amenaza constante de los apagones y las bombas. La sensación de que el Estado podía ganar era real y no debemos negarla.
Pero la victoria sobre el terrorismo no puede blanquear lo que vino después. Fujimori fue reelegido en 1995, con una economía estabilizada pero una democracia moribunda. El aparato de inteligencia de Montesinos creció hasta convertirse en un Estado dentro del Estado: compraba voluntades, extorsionaba empresarios, controlaba medios de comunicación y espiaba a jueces, políticos y periodistas.
El 9 de abril de 2000, tras unas elecciones plagadas de irregularidades, Fujimori se adjudicó un tercer mandato. La oposición intentó impedirlo. No pudo. Y entonces llegó lo que siempre llega cuando el poder se construye sobre el crimen: la verdad.
El 14 de septiembre de ese año se difundieron los vladivideos, filmaciones que mostraban a Montesinos sobornando en tiempo real a congresistas y empresarios. El régimen se derrumbó en semanas. Fujimori huyó al Japón con excusa de una cumbre internacional. Desde allí, renunció por fax. El Congreso, con una dignidad que le habían negado demasiadas veces, rechazó la renuncia y lo destituyó, inhabilitándolo para ejercer cargos públicos durante diez años.
La Lección Que la Patria No Puede Olvidar
Valentín Paniagua asumió la presidencia de transición el 22 de noviembre de 2000, y con él comenzó un difícil proceso de reconstrucción institucional. Se creó la Comisión de la Verdad para investigar los crímenes de ambos lados del conflicto armado. Se firmaron contratos para la explotación del gas de Camisea. Se convocaron nuevas elecciones. El Perú intentaba, una vez más, ser una república.
¿Qué nos enseña todo esto a quienes amamos la libertad y la Patria? En primer lugar, que el terrorismo es un crimen sin justificación posible, que ningún agravio social legitima masacrar inocentes. El maoísmo de Sendero Luminoso no era la solución a la pobreza peruana: era su agravamiento con uniforme ideológico. Las ideas que prometían emancipar al pueblo terminaron asesinándolo en las plazas de los pueblos andinos.
Pero también aprendemos que el caudillo que ofrece orden a cambio de libertad siempre se queda con la libertad y raramente entrega el orden prometido. La corrupción y el autoritarismo no son el antídoto contra el caos: son su continuación con otro traje.
Los pueblos que olvidan estas lecciones están condenados a repetirlas. Los que exigen a sus gobernantes tanto valentía como honradez, los que no aceptan ni la violencia revolucionaria ni la tiranía del orden aparente, tienen una oportunidad real de construir algo que merezca llamarse Patria. Una Patria no es el Estado que domina a sus ciudadanos. Una Patria es la comunidad de hombres libres que se niegan a ser dominados, ni por la bomba del terrorista ni por la firma del autócrata.
El Perú de aquellos años es un espejo incómodo. Y precisamente por eso hay que mirarlo sin apartar los ojos.
Creando Noticias defiende la memoria histórica como instrumento de libertad. Recordar los crímenes del terrorismo marxista y las traiciones del autoritarismo no es hacer política del pasado: es armarse de verdad frente a quienes, hoy como ayer, prometen el paraíso a cambio de la renuncia a la libertad. La Patria se defiende con la verdad.