Sánchez responde a Trump con cuatro palabras que dejan sola a Europa
Cuando un presidente dice "no a la guerra" mientras los hombres libres mueren, no está haciendo diplomacia. Está haciendo abandono.
"Entre no apoyar una guerra y dejar solos a quienes luchan por la libertad de todos, hay una diferencia que se llama cobardía."
Cuatro palabras. Eso es todo lo que Pedro Sánchez ofreció al mundo cuando Donald Trump exigió a los aliados europeos una posición clara sobre el conflicto que sacude los cimientos del orden internacional. "No a la guerra." Una frase que suena noble desde el atril, que se digiere bien en los titulares de los medios afines, pero que en las trincheras heladas donde hombres y mujeres mueren defendiendo los valores de Occidente resuena como el eco de una traición cuidadosamente empaquetada en retórica pacifista.
No hay nadie en España que se oponga a la paz. La paz es el horizonte al que aspira cualquier civilización que se precie. Pero confundir el deseo de paz con el abandono activo de quienes combaten para que Europa pueda seguir siendo libre es una operación intelectual tan deshonesta como peligrosa. Y eso, precisamente, es lo que Sánchez ha consumado ante el mundo con la bendición de su coalición de gobierno.
Mientras el presidente pronunciaba esas cuatro palabras para consumo mediático, los soldados ucranianos seguían muriendo. Mientras Sánchez ajustaba el tono de su discurso para no disgustar a ninguno de sus socios parlamentarios, Moscú interpretaba la señal más débil que Europa ha emitido en años. Y mientras España aplaudía la supuesta valentía del mensaje presidencial, el resto de aliados de la OTAN tomaba nota de quién está dispuesto a defender los valores de la Alianza y quién prefiere refugiarse en una neutralidad que huele a capitulación blandida como virtud.
Hay una diferencia fundamental entre ser un país que no desea la guerra, que es lo que toda nación razonable debería desear, y ser un gobierno que utiliza ese deseo legítimo como excusa para no hacer nada mientras los demás pagan el precio de esa libertad compartida.
Santiago Abascal y Vox han señalado con precisión lo que muchos españoles sienten pero que los medios afines al Gobierno se niegan a publicar con honestidad: el pacifismo selectivo de Sánchez no es un principio ético. Es una coartada. Una coartada construida sobre el miedo a perder apoyos parlamentarios, sobre la dependencia de partidos que no reconocen ni la democracia liberal ni el orden internacional que la sostiene, y sobre una concepción del poder que antepone la supervivencia del Ejecutivo a los intereses reales de España y de sus aliados.
Los aliados que envían armas, que forman soldados, que abren sus fronteras a los refugiados no están amando la guerra. Están asumiendo el coste de la libertad que Sánchez disfruta sin contribuir. Esa asimetría moral, ese beneficiarse del sacrificio ajeno mientras se pronuncian frases grandilocuentes desde la seguridad de un atril, es la esencia del problema que representa este Gobierno en el escenario internacional.
Si el mensaje es tan débil y la posición tan cuestionable, ¿por qué un presidente que no puede caminar por las calles de su propio país sin cientos de escoltas sigue hablando en nombre de todos los españoles? ¿Quién le ha dado realmente ese mandato?
Un gobierno que no puede pisar la calle no puede representar al pueblo
La respuesta a esa pregunta incomoda porque obliga a mirar de frente la naturaleza real de este Gobierno. Pedro Sánchez no gobierna con la legitimidad tranquila de quien tiene el respaldo popular. Gobierna con la legitimidad frágil y comprada de quien ha necesitado indultar, ceder, negociar y entregar para mantenerse en el poder. Y ese origen envenenado contamina todo lo que toca, incluida la política exterior.
Un presidente que ha pactado con partidos que cuestionan la unidad territorial de España, que ha firmado acuerdos con formaciones que han expresado simpatías hacia regímenes que no comparten los valores democráticos europeos, no tiene autoridad moral para presentarse ante el mundo como la voz de la España democrática y atlantista. Puede hacerlo. De hecho lo hace. Pero la distancia entre el gesto y la realidad es tan grande que los propios aliados han dejado de tomarlo en serio.
La España real, la que trabaja, la que paga sus impuestos, la que ve cómo su poder adquisitivo se erosiona mientras el Gobierno multiplica los asesores y los cargos de confianza, esa España no reconoce a su presidente en ese atril europeo. No se siente representada por esas cuatro palabras. Y cuando intenta expresarlo en la calle, cuando sale a protestar, descubre que ese mismo presidente que proclama la libertad y la democracia en los foros internacionales necesita cientos de escoltas para no cruzarse con sus propios ciudadanos.
Eso no es normalidad democrática. Es el síntoma de un poder que ha perdido el contacto con la realidad y que se sostiene sobre una arquitectura de apoyos tan heterogénea y contradictoria que le impide adoptar posiciones coherentes en ningún ámbito de la política, ni en el interior ni en el exterior.
La corrupción que rodea al Gobierno de Sánchez, con causas judiciales abiertas que afectan a su entorno más cercano, no es un elemento separado de su política exterior. Es parte del mismo problema. Un gobierno que dedica energías enormes a intentar controlar el poder judicial, a desacreditar a los fiscales y jueces que investigan sus casos, a reformar leyes que le favorecen, es un gobierno que no tiene la cabeza puesta en gobernar para los españoles. Y ese déficit de atención se nota en todo: en la economía, en la seguridad, en la defensa y en la política internacional.
¿Qué ocurre cuando la fachada diplomática se cae y quedan al descubierto las grietas reales de un liderazgo en descomposición? ¿Qué precio paga España por cada día que este Gobierno sigue en el poder?
La indiferencia de los poderosos: el peor castigo diplomático
Lo que ocurre es exactamente lo que estamos viendo. Trump, que no es precisamente conocido por su delicadeza diplomática, ha ignorado la posición española con una contundencia que debería avergonzar a cualquier gobierno con mínima dignidad institucional. Las cuatro palabras de Sánchez no han generado debate en Washington. Han generado indiferencia. Y la indiferencia de los poderosos es, en política internacional, la peor de las respuestas posibles.
España es un país miembro de la OTAN. España tiene compromisos adquiridos con sus aliados. España se beneficia del paraguas de seguridad colectiva que la Alianza Atlántica proporciona. Y sin embargo, cuando llega el momento de demostrar que ese compromiso es real, el Gobierno de Sánchez se escuda en un pacifismo que ningún otro aliado comparable ha adoptado con tanta ostentación y tan poca sustancia.
Abascal ha sido categórico en su análisis: un gobierno rodeado de corrupción no tiene derecho a hablar en nombre de un pueblo que lo abuchea. Un presidente que no puede poner un pie en la calle sin un dispositivo de seguridad digno de un régimen autoritario no puede presentarse como el representante de la democracia española ante el mundo.
El contraste con otras épocas de la política exterior española es doloroso. España tuvo presidentes que, con independencia de su signo político, mantuvieron una posición clara y firme dentro del consenso democrático occidental. Presidentes que podían discrepar de Washington en las formas pero que jamás pusieron en duda el compromiso de España con sus aliados cuando la libertad estaba en juego. Lo que Sánchez ofrece en cambio es ambigüedad calculada, distancia conveniente y palabras vacías que no comprometen a nadie porque no significan nada.
La consecuencia práctica es que España ha perdido influencia real en los foros donde se deciden las cosas importantes. Se ha convertido en un país que asiste a las reuniones, que firma los comunicados y que luego hace exactamente lo que considera conveniente para la aritmética parlamentaria del momento, sin importar lo que los aliados esperan ni lo que los compromisos adquiridos exigen.
Cuando España necesite a sus aliados, cuando llegue el momento en que este país requiera el respaldo de quienes hoy han sido abandonados, ¿estarán ahí? ¿O recordarán con exactitud el precio de las cuatro palabras?
El precio del apaciguamiento: una lección que la historia repite
La historia de las democracias occidentales está llena de lecciones sobre el precio del apaciguamiento. Cada vez que una potencia democrática ha decidido mirar hacia otro lado, escudarse en el no intervencionismo o reducir su posición a frases de efecto sin contenido real, el coste posterior ha sido mayor que el que habría tenido actuar a tiempo con determinación.
No se trata de amar la guerra. Se trata de entender que la paz duradera no se construye con declaraciones, sino con disuasión creíble, con aliados que se respaldan mutuamente y con la voluntad colectiva de defender los valores que hacen posible la democracia. Cuando esa voluntad falla en uno de los eslabones, toda la cadena se debilita.
España, bajo el gobierno de Sánchez, es hoy ese eslabón débil. No porque los españoles sean débiles, que no lo son. No porque España carezca de las capacidades necesarias para contribuir de forma significativa a la seguridad colectiva, que las tiene. Sino porque tiene un gobierno que ha convertido la debilidad en política de Estado y la ambigüedad en estrategia diplomática.
Las fuerzas políticas que en España defienden una posición clara, coherente y digna en política exterior, con Abascal y Vox a la cabeza de esa reivindicación, no están pidiendo que España entre en guerra. Están pidiendo algo mucho más elemental: que España sea un socio fiable. Que cumpla sus compromisos. Que no abandone a quienes combaten por los mismos valores que supuestamente defiende la Constitución española.
Lo que está en juego no es una opción ideológica entre la guerra y la paz, que es el marco falso que el Gobierno intenta imponer al debate. Lo que está en juego es la credibilidad de España como nación, su posición en el mundo, su capacidad de influir en las decisiones que afectarán a los españoles durante las próximas décadas. Y esa credibilidad se construye o se destruye precisamente en momentos como este.
¿Cuánto más puede aguantar un país antes de exigir el cambio que merece? ¿Cuánto habrá perdido España en el mundo mientras sigue gobernada por quien la divide, la endeuda y la aísla?
España aguanta. Pero aguantar no es suficiente
España aguanta. Siempre ha aguantado. Tiene la capacidad, la historia y el carácter para sobreponerse a sus peores momentos políticos. Pero aguantar no es suficiente cuando el tiempo corre, cuando las decisiones que se toman hoy en materia de defensa, de alianzas y de posicionamiento internacional tendrán consecuencias que se medirán en décadas.
El mensaje de Sánchez a Trump revela en realidad la profundidad del problema. Un gobierno que no puede articular una política exterior coherente porque sus socios parlamentarios tienen intereses contradictorios no es un gobierno funcional. Es una coalición de supervivencia que gestiona el corto plazo a costa del largo plazo, que sacrifica la credibilidad internacional de España en el altar de la aritmética parlamentaria.
Lo que España necesita, y lo que voces como la de Abascal llevan años reclamando con una claridad que incomoda precisamente porque es difícil de rebatir, es un gobierno que ponga a España primero. Que defienda los intereses de los españoles por encima de los intereses del partido. Que tenga la valentía de decir a los aliados lo que puede y lo que no puede hacer, pero también la honestidad de cumplir los compromisos adquiridos.
Los ciudadanos españoles que salen a la calle a abuchear a su presidente, los que no pueden cruzarse con él porque necesita cientos de escoltas para moverse, los que ven cómo sus impuestos financian un aparato gubernamental cada vez más grande y cada vez menos útil, todos ellos merecen algo mejor que cuatro palabras. Merecen un gobierno que los represente. Que hable en su nombre con autoridad moral. Que defienda a España con la misma energía con la que hoy algunos defienden únicamente su permanencia en el poder.
La lección es tan sencilla como poderosa: un país que solo produce ruido en los foros internacionales es un país que ha dejado de importar. España importa demasiado para permitirse el lujo de ser irrelevante.
Ese gobierno mejor llegará. La historia de España, con todas sus crisis y todas sus superaciones, indica que siempre llega. La cuestión es cuánto costará el camino hasta entonces, y cuánto habrá perdido España en el mundo mientras tanto.
Porque al final, cuando las cuatro palabras se disipen en el aire y solo quede el registro histórico, lo que quedará escrito es que hubo un momento en que España pudo estar a la altura y eligió no estarlo. Que hubo un gobierno que pudo representar a su pueblo con dignidad y eligió representarse a sí mismo. Y que mientras los hombres libres combatían, desde Madrid se pronunciaban frases bonitas para titulares de periódico.
"Los que mueren en las trincheras no mueren por cuatro palabras. Mueren por la libertad que algunos disfrutan sin costearla."