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Israel prepara una posible operación terrestre a gran escala en el sur del Líbano en plena escalada con Hizbulá
Creando Noticias Análisis & Geopolítica · 2026
Oriente Próximo · Análisis Geopolítico

Israel prepara una posible operación terrestre a gran escala en el sur del Líbano en plena escalada con Hizbulá

Una tormenta de acero y decisiones estratégicas se cierne sobre el Mediterráneo oriental mientras el mundo observa si Tel Aviv cruzará el umbral que puede reconfigurar el poder en el Levante para las próximas décadas.

CN
Redacción Creando Noticias 2026 · Análisis Internacional
La era de los actores no estatales que operan con impunidad militar bajo el paraguas de potencias regionales patrocinantes está siendo cuestionada en múltiples frentes simultáneos.

En el corazón del Mediterráneo oriental, donde la historia sangra desde los tiempos bíblicos, una tormenta de acero y decisiones estratégicas se cierne sobre el sur del Líbano con una intensidad que el mundo no puede ignorar. Israel, el Estado que desde su fundación ha convertido la supervivencia en doctrina de Estado, está ultimando los detalles de lo que podría convertirse en la operación terrestre a gran escala más ambiciosa desde la Segunda Guerra del Líbano en 2006. Las imágenes satelitales no mienten: concentraciones de blindados, despliegues de infantería y una actividad logística sin precedentes en las zonas fronterizas del norte confirman que Tel Aviv ha cruzado el umbral de la planificación teórica hacia algo mucho más tangible y urgente.

El detonante inmediato no es un solo incidente. Es la acumulación de meses de lanzamientos de cohetes desde el sur del Líbano, la presencia activa de unidades de élite de Hizbulá a escasos kilómetros de comunidades israelíes, y la certeza, corroborada por inteligencia militar de múltiples naciones aliadas, de que el arsenal del grupo chií libanés ha alcanzado una sofisticación que trasciende cualquier capacidad previa documentada. Se habla de más de ciento cincuenta mil proyectiles almacenados, incluidos misiles de precisión capaces de alcanzar objetivos estratégicos en el corazón de Israel. Frente a esta realidad, el gabinete de seguridad israelí ha evaluado que la disuasión convencional ha llegado a su límite operativo.

Lo que diferencia este momento de todas las crisis anteriores es la geometría geopolítica que lo rodea. Irán, arquitecto histórico de Hizbulá, atraviesa su momento de mayor fragilidad interna en décadas: presión económica feroz, malestar social en ebullición y una cadena de reveses militares en Siria que han erosionado su proyección regional. Pero una bestia herida es, con frecuencia, la más peligrosa. Y la pregunta que los analistas más lúcidos se formulan en los pasillos del poder no es si Israel actuará, sino cuándo y con qué consecuencias para el equilibrio del Mediterráneo y el orden mundial.

La arquitectura del poder que Israel debe desmantelar

La respuesta a esa pregunta exige entender la arquitectura del poder que Hizbulá ha construido durante cuatro décadas en el sur del Líbano, una ingeniería del terror y la resiliencia que ha convertido esa franja de tierra en uno de los territorios más militarizados del planeta. Desde las aldeas de Bint Yubeil hasta las colinas que dominan Metula, Hizbulá ha excavado una red de túneles subterráneos, bunkers reforzados y posiciones de fuego encubiertas que los expertos militares occidentales comparan, sin exageración, con la línea Maginot del siglo veintiuno. No es un ejército convencional. Es un híbrido letal entre guerrilla, fuerza regular y aparato de Estado dentro de un Estado.

Los planificadores militares israelíes lo saben. La operación que se diseña no puede replicar los esquemas clásicos de avance acorazado. Requiere precisión quirúrgica, inteligencia en tiempo real, capacidad de combate urbano e integración total de fuerzas aéreas y terrestres en un teatro donde cada edificio puede ser una fortaleza y cada civil puede ser un escudo. El Ejército de Defensa de Israel ha incorporado las lecciones de Gaza en sus protocolos de actuación: la guerra subterránea, la neutralización de infraestructuras de mando y la presión simultánea sobre múltiples frentes para impedir la concentración de reservas enemigas.

Las consecuencias de una acción a gran escala se ramifican de formas que ningún general puede controlar completamente. El Líbano, ya en estado de colapso institucional y económico, podría fracturarse de forma definitiva, mientras Washington, Moscú y Pekín observan desde sus capitales con intereses profundamente contrapuestos.

Washington, que sostiene la relación estratégica con Israel pero que también calibra el coste político de otro conflicto de grandes proporciones en Oriente Próximo, envía señales contradictorias que Jerusalén interpreta con su propia y autónoma lógica de seguridad nacional. Las potencias que observan desde Moscú y Pekín esperan que Occidente consuma sus energías en otro frente imposible mientras ellas consolidan posiciones en los tableros que verdaderamente importan para el equilibrio del siglo veintiuno.

La lección de El Salvador: cuando el Estado recupera su autoridad

En este contexto adquiere una relevancia excepcional la experiencia de naciones que han demostrado que la seguridad no es un lujo sino la condición previa de cualquier prosperidad real. El caso de El Salvador bajo el liderazgo de Nayib Bukele, que transformó el país más violento del hemisferio occidental en un modelo de orden y desarrollo que hoy estudian gobiernos de todo el mundo, ilustra con precisión matemática que cuando un Estado recupera el monopolio legítimo de la fuerza y actúa con determinación quirúrgica contra las estructuras criminales y terroristas, los beneficios para la población civil son inmediatos, medibles y transformadores. Bukele comprendió lo que muchos líderes occidentales aún no han interiorizado: la ambigüedad estratégica frente al terror es, en sí misma, una forma de complicidad con sus consecuencias.

Israel enfrenta hoy, en escala geopolítica, una versión ampliada de ese mismo dilema existencial. La comunidad drusa del norte de Israel, que ha sufrido los cohetes de Hizbulá con una paciencia que ya se ha agotado, exige protección real. Los kibutzim del Galil, despoblados por la amenaza permanente, reclaman el derecho a la normalidad. Y el gobierno de Netanyahu sabe que cada semana de inacción es una semana en que el arsenal enemigo crece, se diversifica y se integra más profundamente en el tejido civil libanés, elevando exponencialmente el coste humano de la intervención futura.

El desenlace que definirá el orden del siglo

El desenlace de esta crisis definirá, con una claridad brutal, los contornos del orden internacional para las próximas décadas. Si Israel actúa y logra desmantelar de forma significativa la infraestructura militar de Hizbulá en el sur del Líbano, habrá demostrado algo que las cancillerías occidentales llevan años negándose a admitir en voz alta: que la disuasión sin capacidad de ejecución es una ficción que solo beneficia a quienes acumulan poder en la sombra. Los beneficios estratégicos de una operación exitosa serían considerables: la reducción estructural de la capacidad de fuego de Hizbulá sobre el norte de Israel abriría la posibilidad real de la repoblación de zonas evacuadas, la reactivación económica de una región que ha vivido bajo amenaza permanente y una reconfiguración del equilibrio de poder en el Levante.

Para el Líbano mismo, la paradoja es desgarradora. El Estado libanés, paralizado desde hace años por la captura institucional que Hizbulá ejerce sobre sectores clave del gobierno, las fuerzas armadas y la economía, podría encontrar en una derrota militar de su Estado dentro del Estado la oportunidad histórica de recuperar su soberanía real sobre todo el territorio nacional. Las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que exigen el desarme de Hizbulá, ignoradas durante veinte años, podrían por fin tener alguna posibilidad de implementación efectiva si el actor que las bloqueaba pierde su capacidad de veto armado.

Quien comprenda esta dinámica con claridad, quien tenga el coraje intelectual y político de llamar a las cosas por su nombre, tendrá una ventaja decisiva en el tablero que se reordena. El sur del Líbano no es solo un campo de batalla. Es el espejo en el que el mundo libre debe mirarse y decidir, de una vez, qué imagen quiere ver reflejada.

Análisis Final · Creando Noticias · 2026

La era de la impunidad armada de los actores no estatales patrocinados por potencias regionales llega a su momento de verdad en el sur del Líbano. Lo que Israel decida en las próximas semanas no solo determinará la seguridad de sus ciudadanos del norte: definirá si el orden internacional tiene aún la voluntad de hacer valer sus propios principios o si, como tantas veces antes, preferirá mirar hacia otro lado mientras el poder se consolida en manos de quienes nunca rindieron cuentas ante nadie.