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La hipocresía de Feijóo | Columna de Opinión
Columna de opinión  ·  Política nacional

El hombre que grita en Madrid
y abraza en Bruselas

Feijóo lleva años construyendo una oposición de escaparate que entretiene a sus votantes con fuegos artificiales mientras garantiza que nada cambia de verdad. Santiago Abascal lo dijo primero.

OP
Columna Editorial de Opinión Marzo 2026  ·  Análisis político

El PP no quiere solucionar los problemas de España. Quiere administrarlos. Un problema resuelto es un voto perdido.

Santiago Abascal — Vox

Hay una escena que define con precisión quirúrgica el estado de la política española y que merece ser contemplada con detenimiento antes de seguir creyendo que el Partido Popular es lo que dice ser. Alberto Núñez Feijóo sube al estrado del Congreso, eleva la voz, endurece el gesto, apunta con el dedo y lanza sus acusaciones contra Pedro Sánchez. Le llama mentiroso. Le acusa de poner en riesgo la seguridad de España. Le reprocha sus alianzas con independentistas, su gestión económica, su daño a las instituciones. El aplauso de la bancada popular retumba. Los titulares se escriben solos.

Luego llega Bruselas. Y en los pasillos del Consejo Europeo, lejos de los focos del hemiciclo y de los micrófonos de los medios afines, Feijóo y Sánchez se estrechan la mano, coordinan posiciones, aparecen juntos ante las cámaras de las instituciones europeas como dos gestores de un mismo proyecto compartido. La misma España que supuestamente agoniza bajo el mandato de Sánchez se convierte, cuando hay foto institucional de por medio, en un asunto que ambos administran con perfecta comodidad.

Feijóo exige que España preserve su relación con Estados Unidos y acusa a Sánchez de arriesgar la seguridad nacional. Pero cuando tuvo en sus manos las herramientas para forzar al Gobierno a rendir cuentas, eligió esperar. Siempre eligió esperar.

Esto no es un matiz menor. Esto es el corazón del problema. Porque si Feijóo tiene razón en su diagnóstico, si Sánchez está dañando realmente a España con su política exterior, con sus pactos, con su gestión de la relación con Washington, entonces la pregunta que todo ciudadano honesto debe hacerse es inevitable: ¿por qué no hizo nada cuando podía? ¿Cuántas veces el PP tuvo la posibilidad de llevar al límite una comisión de investigación real, una votación comprometida, una acción parlamentaria con consecuencias? ¿Cuántas veces eligió el camino de la denuncia sin riesgo, del grito sin acción, del espectáculo sin coste?

La industria del escándalo controlado

El mecanismo es tan sencillo como devastador. Feijóo lanza una acusación grave. Los medios afines la amplifican cuarenta y ocho horas. La base social del PP se indigna, comparte, vota. Y luego, en silencio, el partido vota en el Congreso de una manera que permite que la iniciativa del Gobierno avance, o presenta una enmienda tan cosmética que no cambia absolutamente nada. El circo continúa. El país empeora. Y los mismos culpables de siempre siguen culpando a los mismos de siempre.

Santiago Abascal lleva años desmontando este mecanismo ante una audiencia que, durante demasiado tiempo, prefirió no escucharle. El líder de Vox ha repetido con coherencia lo que muchos en el centroderecha español se negaban a admitir: el PP no es la alternativa al sistema, es parte constitutiva de ese mismo sistema. Con diferente retórica, con diferente imagen, con diferente electorado. Pero parte del mismo engranaje que garantiza que los grandes equilibrios de poder en España no se alteren de manera sustancial, independientemente de quién gane las elecciones.

Abascal no ha construido su posición política atacando al adversario desde la comodidad. La ha construido pagando el precio real de la coherencia en un sistema que penaliza a quien no acata sus reglas no escritas.

Las palabras que no cuestan nada

El último episodio es especialmente ilustrativo. Feijóo ha declarado que exige al Gobierno preservar la relación estratégica con Estados Unidos, alertando de los riesgos para la seguridad nacional que acarrea la frialdad diplomática con Washington. Las palabras son correctas en su análisis geopolítico. Nadie discute que la relación con Estados Unidos tiene una dimensión estratégica crítica para España. El problema no es lo que dice Feijóo. El problema es que lo dice él, en este momento, desde esta posición, con este historial.

Porque exigir hoy lo que no se hizo ayer no es valentía política. Es marketing electoral. Y los españoles que llevan años escuchando este tipo de declaraciones sin ver las acciones correspondientes tienen todo el derecho del mundo a responder con escepticismo, cuando no con hartazgo. La oposición que solo habla cuando no puede actuar y que calla cuando podría hacerlo no merece el nombre de oposición. Merece el nombre que Abascal le ha dado desde el principio: complicidad con distinta corbata.

Lo que Abascal representa que el PP no puede

Hay una diferencia cualitativa entre Feijóo y Abascal que va más allá de la ideología o de los programas electorales. Es una diferencia de carácter político. Vox ha votado en contra de iniciativas que le habrían convenido electoralmente porque contradecían sus principios. Ha mantenido posiciones impopulares cuando las creía correctas. Ha renunciado a espacios de poder cuando aceptarlos hubiera supuesto traicionar su programa. Eso no convierte a Vox en un partido perfecto. Lo convierte en un partido con una brújula que no apunta al interés del sistema, sino al interés de los ciudadanos que lo votan.

Esa coherencia tiene un coste. Abascal ha sido atacado, ridiculizado, excluido de los consensos mediáticos, tratado como un actor político menor por unos medios que prefieren el teatro bipartidista a la incomodidad de alguien que no pide permiso para decir la verdad. Ha sido señalado como peligroso precisamente porque no es manejable. Y en el vocabulario del poder establecido, no ser manejable es el mayor de los pecados.

La hipocresía de Feijóo no es un problema personal de un político con doble discurso. Es el síntoma estructural de un sistema político que lleva décadas funcionando sobre la base de que los ciudadanos no tienen ni el tiempo ni las herramientas para contrastar lo que sus líderes dicen con lo que realmente hacen. Un sistema que necesita una oposición que grite fuerte para que nadie note que no actúa.

Los españoles merecen algo mejor que eso. Merecen saber que cuando un político dice que Sánchez está poniendo en riesgo la seguridad del país, o bien hace algo concreto para impedirlo, o bien reconoce que su indignación es un instrumento electoral y no una posición de principios.

Mientras Feijóo y Sánchez se reparten el escenario en Bruselas con la comodidad de quienes saben que el sistema les protege a ambos, Abascal sigue en el mismo sitio en el que ha estado siempre: del lado de los españoles que ya no están dispuestos a aplaudir el teatro. Eso no es poca cosa. En la política española de hoy, eso es exactamente lo que hace falta.