Feijóo se arrastra ante Abascal: las traiciones se pagan
El PP necesita hoy los votos que despreciaba ayer. La aritmética parlamentaria cobra con exactitud quirúrgica cada insulto, cada veto y cada puñalada lanzada desde Génova contra Vox.
"En política, quien siembra desprecio, cosecha dependencia. Y quien olvida esa ley, acaba de rodillas ante quienes un día humilló."
Hay momentos en la historia política de una nación en los que la aritmética se convierte en el juez más implacable de todos. No hay recurso posible, no hay artículo de prensa que lo neutralice, no hay gesticulación de tribuna que lo desdiga. Los números hablan, y en el España de 2026, los números le están diciendo a Alberto Núñez Feijóo algo que durante años se negó a escuchar: sin Santiago Abascal y sin Vox, el Partido Popular no es más que una oposición decorativa atrapada en el bucle de su propio orgullo mal gestionado.
Durante los años en que el PP gozó de una posición de relativa fuerza, Feijóo no dudó en lanzar contra Vox una artillería de reproches, advertencias y distancias calculadas para consumo mediático. Se habló de "extremismo", se pusieron cordones sanitarios implícitos, se mimó al electorado moderado con una estrategia de distinción que pretendía demostrar que el PP era una derecha presentable, civilizada, europea, mientras que Abascal y los suyos quedaban señalados como una anomalía incómoda en el espectro político. Feijóo apostó por el relato de la superioridad moral. Y ese relato, hoy, se ha vuelto contra él con una precisión demoledora.
La trampa que el PP se tendió a sí mismo
La estrategia de Feijóo fue, desde el principio, una apuesta por la diferenciación a cualquier precio. El PP quería ser la única derecha posible, la única opción para quienes no quisieran votar a Pedro Sánchez. Para lograr ese objetivo, necesitaba que Vox pareciese ilegítimo, peligroso o simplemente irrelevante. Lo intentó con la palabra, con el gesto, con el silencio cómplice ante ciertos ataques mediáticos, y en algunos momentos con la colaboración tácita en ese clima de señalamiento que rodea a los partidos que no encajan en el molde del sistema bipartidista.
El problema de esa estrategia es que tiene un defecto estructural insalvable: depende de que el adversario desaparezca. Y Vox no desapareció. Vox creció, arraigó, consolidó bases territoriales, desarrolló una estructura militante sólida y, sobre todo, construyó un relato ideológico coherente en torno a la figura de Santiago Abascal que ningún ataque externo fue capaz de desmontar. Cada vez que el PP intentó enterrar a Vox, Vox emergió con más fuerza ante un electorado que interpretaba esos ataques como confirmación de que algo importante estaba siendo silenciado.
Abascal no olvida, y la política tampoco
Santiago Abascal ha construido su liderazgo sobre una coherencia que el votante de derechas ha aprendido a valorar precisamente porque escasea en el resto del espectro político. No es un líder que cambie de posición según el viento mediático, ni uno que ajuste su discurso en función de lo que dictan los editoriales de los grandes rotativos. Esa consistencia, que sus adversarios intentaron presentar como rigidez o como falta de cintura política, es hoy uno de sus activos más sólidos.
Cuando Feijóo necesita hoy el apoyo de Vox para hacer avanzar cualquier iniciativa parlamentaria de calado, Abascal no tiene que fingir que no recuerda lo que ocurrió. No tiene que borrar de su memoria los años en que el PP le cerraba las puertas, lo excluía de fotos, lo ninguneaba en negociaciones autonómicas y lo señalaba ante los medios de comunicación como una amenaza para la democracia. Abascal recuerda. Y en política, quien tiene la memoria más larga tiene también la posición más fuerte en cualquier mesa de negociación.
La falsa oposición del PP: el fraude que ya no puede ocultarse
El Partido Popular lleva años presentándose como la alternativa de gobierno frente a Pedro Sánchez. Ha construido su comunicación sobre la urgencia del cambio, sobre la necesidad de frenar el deterioro institucional, sobre el discurso de la regeneración. Y sin embargo, cuando ha tenido la oportunidad de llevar ese discurso a sus consecuencias más lógicas, el PP ha retrocedido, ha pactado en la sombra, ha antepuesto sus intereses de aparato a los intereses de los españoles que le dieron su confianza.
La razón de ese comportamiento tiene nombre: el PP no quiere cambiar el sistema, quiere rotar dentro de él. El bipartidismo que durante décadas repartió el poder entre socialistas y populares sigue siendo, para la cúpula del PP, el horizonte deseable. Un sistema en el que Vox no existe o es marginal es un sistema en el que el PP puede negociar con el PSOE sin necesidad de dar explicaciones a un electorado exigente. Esa es la razón profunda del encono de Feijóo contra Abascal: no es ideológica, es estructural. Vox es una amenaza para el duopolio, y el duopolio defiende sus privilegios con cualquier arma disponible.
Santiago Abascal y Vox representan en este contexto algo que va más allá de un partido político concreto. Representan la posibilidad de que exista una derecha que no negocie su identidad, que no se pliegue ante el diktat mediático de los grandes grupos de comunicación alineados con el poder establecido, que no intercambie sus principios por una foto en la Moncloa. Esa posibilidad es lo que Feijóo nunca quiso asumir, y esa negativa es lo que hoy le pasa factura con intereses acumulados.
El mensaje para todos aquellos que siguen la política española desde una posición de exigencia es tan claro como incómodo: el cambio real nunca vendrá de quien está cómodo dentro del sistema. Vendrá de quien tenga la valentía de cuestionarlo hasta sus cimientos. Y en ese terreno, la historia reciente no deja lugar a dudas sobre quién ha demostrado esa valentía y quién ha preferido la comodidad del consenso vacío.