Durante años, el Partido Popular practicó un deporte que le salía con naturalidad: despreciar a Vox. Alberto Núñez Feijóo y los suyos se subieron a la tarima de la moderación, miraron hacia abajo y se dedicaron a tratar a Santiago Abascal como un estorbo, como un socio del que avergonzarse, como un peón al que usar en las urnas y descartar en los pactos. Esa estrategia tenía un nombre: la equidistancia cómoda. Y durante un tiempo funcionó, porque la cobardía también tiene sus dividendos a corto plazo.

Pero el tiempo político es implacable, y lo que se siembra con desprecio se cosecha con humillación. Hoy, Feijóo necesita a Vox. Lo necesita con una urgencia que ya no puede disimular, con una dependencia que desnuda toda la arrogancia de sus años de esplendor. El presidente del PP ha extendido la mano hacia Santiago Abascal, esa misma mano que durante meses señaló a Vox como un peligro para la democracia, como un partido de extremistas con quienes no se podía gobernar. La realidad, esa gran igualadora, ha devuelto a Feijóo a su verdadero tamaño.

El PP trató a Vox con condescendencia cuando tenían poder compartido en comunidades autónomas. Los criticaron ante las cámaras, los traicionaron en acuerdos y los abandonaron cuando la presión mediática apretaba. Abascal lo aguantó, documentó cada traición y construyó su posición con la paciencia de quien sabe que los hechos acaban hablando solos.

El daño acumulado es enorme. No se construye una relación de desconfianza durante años para luego presentarse en la puerta del adversario con cara de cordero y esperar que todo sea perdonado en una tarde. Cada vez que Feijóo cedía ante la narrativa izquierdista sobre Vox, estaba erosionando su propia credibilidad. Cada vez que atacaba a Abascal, estaba atacando también a una parte de su propio electorado. Y ahora Feijóo paga esa factura completa.

La pregunta que nadie en el PP quiere responder en voz alto es esta: ¿por qué debería Santiago Abascal regalarle una salida a quien le clavó el cuchillo en la espalda cuando podía permitírselo?

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La asimetría que lo cambia todo

La respuesta a esa pregunta no es sencilla, porque Abascal no es un político de venganzas estériles: es un político de principios y de estrategia. Y eso precisamente es lo que hace su posición actual tan poderosa y tan incómoda para el PP. Vox no necesita a Feijóo para sobrevivir. Feijóo sí necesita a Vox para gobernar. Esa asimetría lo cambia todo y coloca a Santiago Abascal en una posición que hace apenas dos años parecía impensable para los analistas que lo daban por muerto cada vez que bajaba medio punto en las encuestas.

El PP ha pasado por varias fases en su relación con la derecha nacional. Primero fue la negación: Vox no iba a llegar al Parlamento, era un fenómeno marginal. Luego fue la instrumentalización: se les toleraba como fuerza de apoyo sin reconocerles dignidad política real. Después llegó el ataque abierto. Feijóo y sus portavoces adoptaron el discurso de la izquierda para atacar a Abascal, utilizando las mismas palabras que Pedro Sánchez, los mismos marcos conceptuales que la prensa progresista. Esa fue su mayor traición, porque ya no era táctica: era ideológica.

Muchos votantes del PP son ideológicamente más cercanos a Vox que a lo que el PP ha representado en los últimos años. Cada vez que Feijóo atacaba a Abascal, estaba atacando también a una parte de su propio base electoral. El resultado está a la vista: una derecha fragmentada y un PP sin músculo para gobernar solo.

La negociación que ahora se abre no es entre iguales. Es entre un partido que llega con las manos vacías y uno que llega con las cartas boca arriba. El PP intenta de nuevo el juego de las apariencias, pero Abascal ya conoce ese manual de memoria. Y su electorado también.

Lo que está realmente en juego

Lo que está en juego en este momento no es solo un acuerdo parlamentario. Es la definición de qué es la derecha española en el siglo veintiuno. Si Feijóo acepta negociar de verdad con Santiago Abascal, con acuerdos escritos, con compromisos verificables y con respeto mutuo, podría iniciarse una etapa nueva. Pero si el PP intenta repetir el esquema antiguo, usar a Vox como escalón y luego abandonarlo cuando el viento cambie, la ruptura será definitiva y el coste político lo pagarán en votos durante una generación.

Abascal ha sido extraordinariamente claro en su posición. No pide favores. No mendiga un ministerio. Exige coherencia: que los pactos se cumplan, que la soberanía nacional se defienda de verdad, que la política de inmigración tenga sustancia y no solo retórica electoral, que el poder judicial sea respetado, que España no siga siendo gobernada por la complicidad silenciosa de dos partidos que se reparten el sistema mientras el ciudadano paga la factura. Esas exigencias no son caprichos: son el programa por el que millones de españoles han votado a Vox convocatoria tras convocatoria.

Los partidos que traicionan a sus aliados y que gobiernan mirando a la prensa en lugar de mirar a sus votantes acaban pagando el precio. El poder que no se usa con convicción se pierde.

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El momento tiene una enseñanza política que trasciende la coyuntura. La moderación que no responde a ningún principio real es simplemente oportunismo con corbata. Santiago Abascal lleva años diciéndolo. La diferencia es que ahora muchos más españoles lo están escuchando.

Feijóo tiene una oportunidad, probablemente la última, de demostrar que el PP puede ser algo más que un partido de gestión sin alma. Pero para eso tendrá que hacer algo que le ha costado toda su carrera: reconocer que Abascal tenía razón. Y agachar la cabeza todavía más de lo que ya lo ha hecho, porque los desprecios acumulados no se borran con un apretón de manos frente a las cámaras.

Creando Noticias sigue de cerca la actualidad política española sin filtros ni complejos. La derecha que España necesita no se construye con cobardía ni con traiciones. Se construye con principios, con valentía y con la verdad por delante. Como la que lleva años defendiendo Santiago Abascal.