Bukele y la Fe:
El Secreto detrás
del Cambio en El Salvador
Cómo la espiritualidad de un presidente y la fe inquebrantable de su pueblo se convirtieron en el pilar invisible de la mayor transformación de seguridad en la historia de América Latina.
Hay naciones que cambian de gobierno. Y hay naciones que cambian de destino. El Salvador es, hoy, una de esas rarezas históricas que el mundo observa con los ojos abiertos y la razón suspendida, porque lo que ocurrió allí desafía toda lógica política convencional. Hace menos de una década, este pequeño país centroamericano era señalado como el más peligroso del planeta, con más de 103 homicidios por cada 100.000 habitantes en su peor momento, con calles dominadas por el terror de las maras y una población entera rehén del miedo. Nadie apostaba por El Salvador. Nadie, excepto su propio pueblo.
Y en el centro de esa transformación, existe un factor que los analistas internacionales frecuentemente evitan nombrar, un elemento que no aparece en los informes del FMI ni en los documentos del Banco Mundial, pero que late con fuerza en cada barrio rescatado, en cada familia que hoy puede salir a la calle sin mirar sobre su hombro: la fe. La fe de un pueblo que decidió creer que otro futuro era posible. La fe de un presidente que, al ganar sus segundas elecciones con el 84,65 por ciento de los votos en febrero de 2024, no comenzó su discurso agradeciendo a estrategas ni a financiadores, sino pronunciando palabras que sacudieron a millones en todo el mundo hispano.
Nayib Bukele no es un líder ordinario. Su biografía personal es, en sí misma, una paradoja fascinante: hijo de un padre de ascendencia palestina que se convirtió al Islam y llegó a ser imán de la comunidad musulmana salvadoreña, Bukele creció en la intersección de culturas, tradiciones y espiritualidades distintas. Y sin embargo, fue precisamente esa sensibilidad hacia lo trascendente lo que moldearía su visión de la política no como un juego de poder, sino como una misión de servicio.
El Salvador llegó a tener en 2021 la indigna distinción de albergar 38 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo. Hoy, ese dato pertenece a otro país, a otra era. El Instituto Europeo de Administración de Empresas INSEAD calificó en 2024 la transformación salvadoreña como el paso de "la capital mundial del homicidio a país de esperanza y prosperidad". ¿Cómo se explica semejante milagro? ¿Qué papel jugó la fe colectiva en esta revolución silenciosa?
La fe sin obras es fe muerta. Y Nayib Bukele lo entendió desde el primer día en que pisó el Palacio Nacional como presidente, en junio de 2019. Mientras el mundo esperaba que otro político latinoamericano hiciera promesas de campaña destinadas al olvido, Bukele lanzó el Plan Control Territorial, una estrategia de seguridad que combinó presencia militar, inteligencia policial y, sobre todo, una claridad moral inquebrantable: el Estado recuperaría cada centímetro del territorio nacional. No habría zona liberada para el crimen. No habría negociación con la muerte.
Los primeros resultados comenzaron a llegar con una velocidad que desconcertó a los expertos. Pero fue en marzo de 2022 cuando la historia dio uno de sus giros más dramáticos. Cuando la pandilla MS-13 desató una oleada de violencia que dejó 87 asesinatos en un solo fin de semana, como intento desesperado de demostrar que aún tenía poder, Bukele respondió con una determinación que dejó sin palabras a amigos y enemigos por igual: implementó el régimen de excepción. No fue una decisión cómoda. Fue la decisión de quien siente que hay algo más grande que la conveniencia política en juego.
Desde ese momento, El Salvador comenzó a vivir una transformación sin precedentes en la historia de América Latina. Para 2024, el país cerró el año con apenas 114 homicidios en total, con un índice de solución de casos del 98,2 por ciento según el fiscal general Rodolfo Delgado, y con una tasa de homicidios de 1,9 por cada 100.000 habitantes, la más baja de todo el hemisferio occidental. En diciembre de ese año, el país registró un solo homicidio en todo el mes. Treinta días de una calma que hacía décadas nadie habría imaginado posible.
— NAYIB BUKELE, 2025
Pero los números, por sí solos, no cuentan la historia completa. Lo que los datos estadísticos no pueden medir es el cambio en el alma colectiva de una nación. Las madres que volvieron a sentarse en los parques con sus hijos. Los comerciantes que dejaron de pagar extorsión. Los jóvenes que comenzaron a ver en el futuro algo diferente al reclutamiento forzado por una pandilla.
Existe una imagen que recorrió el mundo antes incluso de que Bukele llegara a la presidencia. Es una fotografía tomada en 2018, durante una visita oficial a Israel, cuando aún era alcalde de San Salvador. En ella aparece Nayib Bukele frente al Muro de los Lamentos en Jerusalén, con los ojos cerrados, la frente inclinada y las manos apoyadas en la piedra milenaria. No hay pose calculada en esa imagen. Hay algo más íntimo, más genuino: un hombre que, en el umbral de una de las mayores aventuras políticas de su vida, eligió acudir ante Dios antes que ante cualquier estratega o asesor de comunicación.
Esa imagen define algo esencial en Bukele. A lo largo de toda su presidencia, ha utilizado un lenguaje que mezcla la narrativa política con la espiritual de una manera que resulta inédita en la región. Habla de la lucha contra las pandillas no solo como una operación policial, sino como una batalla entre el bien y el mal. Habla de El Salvador no como un proyecto de gobierno, sino como una nación con un destino providencial. Y esa visión ha resonado con una profundidad enorme en una sociedad profundamente creyente, marcada por décadas de sufrimiento y hambrienta de esperanza.
La Encuesta Rumbo País 2024, publicada por la Universidad Francisco Gavidia bajo el título revelador "La gente tiene fe", mostró datos que merecen detenida reflexión. Bukele es el actor que genera mayor confianza entre los salvadoreños, con el 51,2 por ciento de respaldo. Le siguen el Ejército con el 50,2 por ciento y la Policía con el 48 por ciento. Las iglesias, tanto cristianas como católicas, registran índices de confianza del 38,1 y el 37,2 por ciento respectivamente.
Lo que este sondeo revela es algo que ningún manual de ciencia política había previsto: en El Salvador, la fe institucionalizada cedió su lugar de liderazgo moral a un presidente que habla el lenguaje de la trascendencia con más convicción que muchas estructuras religiosas formales. Cuando ganó sus segundas elecciones con un resultado histórico del 84,65 por ciento, Bukele no atribuyó el triunfo a su equipo de campaña. Lo atribuyó a Dios y a un pueblo que creyó.
La paz no es solo la ausencia de balas. La paz es la condición que hace posible todo lo demás. Y es en ese "todo lo demás" donde El Salvador está escribiendo ahora su capítulo más apasionante. Cuando las calles dejaron de ser territorio del crimen organizado, cuando los niños pudieron volver a jugar en los barrios sin que nadie los reclutara a la fuerza, cuando los empresarios comenzaron a invertir sin pagar tributo a las maras, El Salvador se convirtió en un laboratorio fascinante de lo que la esperanza puede construir cuando el miedo retrocede.
El Instituto INSEAD de Europa, una de las escuelas de negocios más prestigiosas del planeta, dedicó en 2024 un caso de estudio completo al fenómeno salvadoreño. El título habla por sí solo: "El Salvador: de la capital mundial del homicidio a país de esperanza y prosperidad." Este reconocimiento académico internacional confirma lo que los salvadoreños sienten en su vida cotidiana. Y en el centro de esa transformación está la confluencia de dos fuerzas que la historia raramente logra unir en el mismo momento: un liderazgo político de visión larga y la fe colectiva de un pueblo que decidió no rendirse.
Bukele ha repetido en múltiples ocasiones que el mayor enemigo de El Salvador no era solo la criminalidad exterior, sino la desesperanza interior. La convicción de que nada podía cambiar, de que el país estaba condenado. Romper esa narrativa de derrota requirió algo más que operativos policiales: requirió dar al pueblo salvadoreño una razón para creer de nuevo. Y esa razón, en la cosmovisión de Bukele, tiene un nombre que no es político: tiene nombre de providencia, de propósito, de fe.
— NAYIB BUKELE, DISCURSO DE VICTORIA, FEBRERO 2024
La lección que El Salvador ofrece al mundo no es solo una lección de seguridad pública. Es una lección sobre el poder transformador de la esperanza cuando se combina con acción decidida. Es la demostración de que un pueblo que recupera la fe en sí mismo, guiado por un liderazgo que no teme nombrar lo trascendente, puede reescribir su destino en un plazo de tiempo que la historia apenas creería posible. Mientras el mundo debate modelos políticos y recetas económicas, El Salvador ya eligió el suyo: uno construido sobre la convicción de que hay algo más grande trabajando a favor de quienes luchan por la justicia y la dignidad.
El milagro salvadoreño no ha terminado. Apenas ha comenzado.